Historia de Nakamura y Chang

Categoría(s): Cuento. Abril 22, 2008

Será difícil argumentar que este texto no fue inspirado de alguna manera por el libro “Un Chino en Bicicleta” de Ariel Magnus. No lo voy a hacer. Espero, sin embargo, que el tiempo y el estilo me lleve por rumbos divergentes.
JC


Uno – Del origen de Chang

Contra todo lo previsible de su aspecto Chang era tan peruano como el ajiaco de ollucos. Había nacido hacia medio siglo en algún punto entre Tumbes y Lima y aparentemente en tierra firme por lo que su padre lo hizo registrar con el peruanísimo nombre de Juan en una pequeña parroquia a la entrada de Huacho.
Pero cabe preguntarse de dónde salió Chang y el origen de su estirpe. Haciendo a un lado la obviedad de la primera respuesta hay que remontarse a la lejana tierra de sus antepasados para entender porqué y bajo que raras circunstancias llegó a este lado del Pacífico.

La China de los años 30 no era ni la sombra del coloso industrial que es hoy en día. Había tanta hambre que era costumbre pasar varios días sin probar alimentos, en especial si se pertenecía – casi hereditariamente – a alguna de las clases pobres que habitaban en las huertas de la periferia de las ciudades. El agua limpia o apenas bebible era un lujo que muy pocos podían gozar. Bañarse era una infamia y las enfermedades medraban en un imperio ausente de higiene. Para colmo de males, los rumores de una futura guerra con Japón crecían con la pobreza e insatisfacción de los menos favorecidos. En los puertos del mar Amarillo cada día partían docenas de barcos legales e ilegales cargados de chinos legales e ilegales dispuestos a cruzar el océano para vivir en América, la tierra de las oportunidades.

Los padres de Chang se conocieron apenas diez días antes de su concepción. Era un matrimonio arreglado como cualquier otro pero con el detalle adicional que el padre de la madre de Chang ofreció una dote miserable a cambio de liberarse de su hija, ganar un espacio en el piso que hacía de cama y un puñado de arroz extra para los doce miembros restantes de la familia. De haber sido superticioso el abuelo materno de Chang se habría sentido aliviado al romper el maleficio del número, pero a decir verdad la madre de Chang era su única hija y la amaba en demasía para dejarla ir sin una lágrima corriéndole por la mejilla. Por su lado, la abuela materna de Chang nunca la había considerado particularmente hábil para las labores domésticas y salvo el cuidado que brindaba a sus hermanos, no le veía mayor valor que un cántaro lleno de agua. Además con no poca frecuencia se preguntaba cómo había podido evadir el riguroso control del gobierno sobre las recién nacidas. Acaso no era común que las matronas registraran no solo el sexo de los nuevos chinitos y chinitas sino además cómo iba la cuenta dentro de la familia? Acaso no era común que las niñas desaparecieran de la noche a la mañana de la casa materna? Abandonadas a su suerte, estas criaturas no llegaban al día siguiente, a nadie le importaba, nadie las recogía, nisiquiera después de muertas. Pero tampoco todos los niños y adolescentes eran suyos. Algunos, no recordaba cuales, eran hijos de una hermana que había migrado hacia el norte y de la cual no se supo más. Uno de los mayores era hijo de su cuñado recién muerto de cólera o algo parecido y dos más habían sido encargados por una vecina llevada por el tifus. Los demás, hasta donde le daba la cuenta si habían salido de ella, incluida la niña que al llegar a la adolescencia había sido canjeada por mayor comfort en la casa habitación familiar.

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